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Nacional - 2 mayo, 2012 | 2:07 PM

Conmovedora historia de zuliana víctima de trata de personas

 ”Me dieron burundanga para prostituirme”

De un momento a otro perdí la conciencia. Al día siguiente desperté con mucho dolor de cabeza. Al principio, me sentía mareada y con el cuerpo pesado. Poco a poco fui recobrando el sentido y fue cuando me vi acostada en una cama grande. El cuarto estaba medio oscuro. No había ventanas y había poco frío. Cuando quise pararme, las cadenas que tenía en el pie y en las manos no me dejaron.

¡Estaba esposada y drogada! No entendía qué me había pasado. No recordaba cómo llegué a esa cama y mucho menos por qué me encontraba semidesnuda. Grité pidiendo ayuda y de repente entró un hombre gordo con las llaves del cuarto en sus manos. Le pregunté qué pasaba y me respondió que me quedara callada, que lo único que tenía que hacer para regresar a Maracaibo y ser libre era atender sexualmente a los hombres que entrarían al cuarto.

Asombrada y sin poder defenderme insistí en que me dijera qué había pasado. “Estás en la isla de Margarita y deja de preguntar porque en unos minutos llegan unos clientes muy exigentes y debes portarte bien. Si gritas, te castigamos y si intentas escapar morirás. Tienes que hacer lo que te pidamos, de lo contrario tu familia pagará las consecuencias”.

Mi mundo se vino al piso. No paraba de llorar y trataba de recordar qué había pasado. Estaba esposada y amenazada de muerte. Pensaba en mi familia, en mi trabajo, en todo lo que había vivido en las últimas horas en Maracaibo. Estaba presa y horrorizada.

El hombre gordo me daba de beber agua mezclada con una sustancia para sedarme. Semidrogada atendía a unos 20 hombres diarios. Era el peor maltrato que puede recibir una mujer. La agresión más inhumana, criminal y terrorífica que puede recibir cualquier ser vivo.

Pasaron varios días y las esposas ya marcaban mis manos y mi pie derecho. Me daban poca comida y los hombres sedientos de sexo solo se limitaban a satisfacerse sin importarles mi sufrimiento. La explotación sexual me dejó severamente afectada y lo más triste es que uno no puede entender cómo hay personas que se divierten con el dolor de la gente, que nos ven como mercancía, como objetos sexuales, como un juguete. ¿Acaso no tienen familia? ¿Dónde y cuándo perdieron la sensibilidad? ¿No tienen fibra humana?.
En Maracaibo, mi familia comenzó a investigar mi desaparición. Pensaban que estaba secuestrada. Mientras que en Margarita, la Guardia Nacional había desplegado una investigación, puesto que la isla es uno de los sitios en donde abunda el turismo sexual.

Luego de varios días, la Guardia Nacional ejecutó una redada y me encontraron esposada, ultrajada y semidrogada. Sentí una inmensa alegría cuando me rescataron, pero al mismo tiempo estaba pasmada por lo que me había pasado. No hay justificación para tal aberración y lo peor es que también lo hacen con niñas, que son comercializadas como si se tratara de paquetes en Europa.

Regresar a mi vida habitual no ha sido fácil. Al llegar a Maracaibo fui atendida sicológica y físicamente. La Dirección de Prevención del Delito me brindó todo el apoyo que requería, las instituciones de los derechos humanos me dieron atención integral. Luego de ese amargo episodio tuve que mudarme a otro estado para proteger a mi familia, porque la red de trata que me capturó sabía todos mis datos.

La policía pudo apresar parte de esa mafia que opera en el Zulia y que con ofertas engañosas (como avisos de prensa en los cuales se solicitan muchachas para trabajar en servicio doméstico). se llevan a las muchachitas a otros estados prometiéndoles una mejor vida, pero realmente es para prostituirlas. La explotación sexual, laboral y la trata son delitos que ocurren bajo perfil en Maracaibo, pero que no se denuncia porque eso implica poner en riesgo la vida y la tranquilidad de la familia.

Cada día pienso en las miles de mujeres y niñas que en estos momentos están siendo víctimas de estas mafias que lo único que buscan es dinero. Solo el que ha pasado por esto comprende la magnitud del daño que nos hacen. Espero que mi experiencia sirva para que posibles víctimas no se dejen engañar y prevengan ser mercancía humana”, concluyó Lucía, quien intenta dejar atrás el trago amargo que le causó una noche de discoteca.

 

Yanivis Florián Cadena / Diario Panorama