Miércoles 19 junio, 2013 San Cristóbal/Táchira/Venezuela

Opinión - 7 marzo, 2012 | 12:00 AM

Anécdota psicoanalítica

Hace 40 años me encontré en una Convención Nacional de Cronistas con un sujeto de gran renombre en las letras venezolanas. El individuo había sufrido un accidente cerebrovascular que lo tenía reducido a una silla de ruedas y estaba al cuidado de una enfermera diligente que permanecía siempre a su lado. El exclamó al verme: "¡Ah! Villamizar, al fin me encuentro contigo para contarte una cosa de Psiquiatría". El sujeto no podía caminar, pero la enfermedad le había respetado la voz. Comenzó a hablar y al hacerlo accionaba sus brazos que no estaban paralizados. Inició y desarrolló un largo relato en medio del respetable número de oyentes. Los cronistas le oyeron con atención una larga narración que definía su vida:

---Allá en mis años mozos -comentó-, el Gobierno de Venezuela me dio una beca para irme a París a estudiar un postgrado. París, con sus bellas avenidas, la infinidad de paseos y el número de sitios que ofrece aquella 'ciudad luz', es verdaderamente asombroso. Pero nada es igual a un hermoso y reconfortante paseo como el que se hace en horas vespertinas por las aceras del río Sena. Así que todas las tardes las disfrutaba paseándome por aquellas aceras. Muy pronto me encontré con una chica muy interesante, también venezolana y que llegaría a ser muy famosa. Ella igualmente estaba en la capital francesa haciendo un postgrado. Desde ese día comenzamos a reunirnos y a dar un paseo vespertino por las orillas del Sena.

Acontecía que a los dos el Gobierno venezolano nos había dado una beca para proseguir nuestros estudios. Nos veíamos a diario y tomábamos una caminata por las aceras del Sena. Entre tanto la amistad crecía día a día. Nos hicimos inseparables amigos y pronto nos dimos cuenta de que estábamos hondamente enamorados los dos. Entonces nos casamos. Pronto mi esposa me confesó su gran admiración por el Psicoanálisis. Nos animaba el pensamiento que estábamos en un lugar del mundo donde se podía emprender con éxito un tratamiento psicoanalítico que le permitiría a ella tener un buen conocimiento de sí misma, lo que redundaría indiscutiblemente en la felicidad de la pareja. Ello equivalía a cambiar de personalidad y a confrontar los sucesos y asperezas del mundo sin angustias. Pero resultaba que la vida era económicamente dura para los dos, y un psicoanálisis, como Dios manda, era un tratamiento en que el paciente debía asistir al consultorio del psicoterapeuta a lo menos tres o cuatro horas semanales y por un período que podía alcanzar tres o cuatro años. El tratamiento era por tanto lo más ansiado, pero lo más costoso.

Realizarlo era cosa que no podíamos. En efecto, el Psicoanálisis como lo ordena la Sociedad Internacional del Psicoanálisis, cuya casa principal está en Londres, debe durar eso: es decir 3 a 4 años por lo menos y con 3 ó 4 sesiones semanales. Pero acordamos una solución. La muchacha emprendería el Psicoanálisis y lo pagaríamos entre los dos, a expensas de nuestras becas. Ello cambiaba en mucho nuestra estadía. Tendríamos que vivir austeramente. París, incluyendo cualquier teatro, cualquier ópera o sitio de diversión, es ciudad muy cara. Así que para poder pagar los 150 bolívares semanales por 3 sesiones, tuvimos que hacer un gran sacrificio. En esos tiempos, 150 ó 200 bolívares eran una suma respetable. Continuamos nuestra vida parisina con muchas restricciones y al fin, al cabo de algo más de tres años ella me dijo:
--- ¡Mira, he terminado el Psicoanálisis a felicidad! Ahora me conozco a mí misma, ¡y hasta hoy vivo contigo!
Dicho eso, inició los trámites del divorcio.

J.J. Villamizar

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