Recadero - 26 marzo, 2012 | 12:00 AM
Indigentes, pordioseros y vagos en el Terminal de Pasajeros
La mendicidad es uno de los grandes males sociales en auge en San Cristóbal.
La capital tachirense y su área metropolitana está plagada de mendigos, pordioseros y vagos que claman por ayuda y limosnas en el deprimente mercado de la indigencia. La practican en las unidades del transporte público, debajo de los semáforos y en los cruces de las avenidas, en cualquier calle, al frente o dentro de edificaciones públicas como sucede en el Terminal de Pasajeros de La Concordia,
Ahí, en la estación de busetas y carros por puesto de San Cristóbal, no es fácil hablar abiertamente de los mendigos, vagabundos, indigentes, pordioseros, limosneros o sin techo, como cada quien quiera calificarlos. Hay una especie de temor o reserva en hablar sobre ellos, por cuanto no quieren hacer alusión al problema quienes conviven en esa especie de submundo, donde deambulan diariamente alrededor de quince mil personas que desconocen la cara oculta de ese recinto. Además, es un sector que está amparado por la ley aunque el Estado, a pesar de que la situación es probablemente tan vieja como la edad del Terminal, no le ha dado la protección que necesita.
Sin embargo, no todos ven con indiferencia algunos “cuadros” que se presentan en esas instalaciones municipales. En ese ejercicio ilegal, hay niños involucrados probablemente porque por su condición, son objeto de lástima, sobre todo porque no están disfrutando del derecho a la educación. No falta quién les acerque un pan por el otro lado de la reja, como se observó durante una estadía en ese sitio, aunque dicen que también les dan dinero.
“Me parte el alma ver a esas criaturas. Hay una criatura dándole pecho a un niñito. Eso no puede ser, están en la placita del Terminal” -dijo el señor Wilmer Tovar-.
Y es que en esa plaza, entrando a ese puerto terrestre por la avenida Parque Exposición, hay cuatro niños y una niña adolescente con varios adultos, entre ellos una mujer; al parecer son de una etnia del estado Apure. Los infantes, poco limpios, con mocos que indican síntomas gripales, se pueden ver descalzos en ese lugar sucio, lleno de desechos sólidos, comiendo, sentados en el suelo, tomando el pan de la plataforma de concreto mugrienta que hay en el centro de ese lugar. Uno de los niños tiene una herida entre el tabique nasal y el centro de las cejas.
“Y eso no es nada, en diciembre era una gallada, ahí dormían, se mojan o no sabemos, pero se ponen cobijas. Por ahí hay otros” -dijo un usuario-.
Entre un grupo de kioscos que circundan el interior del Terminal y que aún no abren, estaban a las once de la mañana algunos hombres tirados en el piso, probablemente pasando la resaca nocturna, porque muchos de ellos piden dinero para comprarse una “botella”. Uno, al parecer con mejor suerte, estaba sobre una colchoneta, arropado con una cobija.
Dicen que esas zonas del Terminal son uno de los centros de pernocta de quienes carecen, por una u otra circunstancia, de las más mínimas condiciones para vivir y, sobre todo, de un lugar donde dormir. Dicen que los adultos dejan en el suelo a los niños y en los árboles realizan actos lascivos. De manera que quienes no tienen la suerte de quedarse en la sala de espera, duermen con el cielo como techo, con cartones como colchón y hasta como cobija, pero si no lo consiguen se “arropan” con periódico.
Uno de los indígenas que está “bregando conseguir un trabajito, en un fundo, en construcción, en lo que sea”, aseguró que la gente les “colabora a los niños” y que cuando llueven protegen a los niños. “Anoche llovió y los arropamos con una cobija, nosotros aguantamos” -dijo, pidiendo que les ayuden a conseguir trabajo-. También señaló que se vinieron del “Macaguán” tras una riña, aunque al jefe del Terminal le indicaron que venían buscando a su mamá que está supuestamente en Colombia-.
Con los aguaceros que caen en San Cristóbal es difícil imaginar que no se mojen. Los efectos deben ser los “moquitos” que se les veían el martes a los niños. Uno de los “sin techo” que piden dinero para comprar “una carterita”, accedió a conversar a cambio de un bolívar -a la siguiente pregunta pedía más, y cuando vio que no había “plata” entonces se fue molesto-. El nombre no lo ofreció por temor a “algún” paramilitar que lo vea.
– Nosotros somos parte de este ambiente, pero mejor que nosotros están los extranjeros en Venezuela, bueno, “martillo” (pido), pura miseria tristemente, aquí tiene que haber un cambio, duermo en cartones cuando consigo. Cuando llueve, si no consigo, me toca acostarme así, duermo en el piso, pero habemos como doscientos así con el mismo problema, sufrimos cuando llueve, sufre el que no haya recogido su cartón temprano. Okey, a la caña se le pega uno para mantener y sostener la vida…, eso -la plata- es muy poquito lo que usted me está dando.
– ¿Cómo hacen los niños que duermen por aquí para no mojarse?
– La caja de cartón es la salvación de nosotros los venezolanos, nos arropamos con cajas de cartón…
Una funcionaria comentó que “ellos hacen cama cerca de los baños, por ahí amanece lleno de cartones, los obreros limpian y al otro día permanece igual, siempre llegan en horas en las que no hay vigilancia, allá duermen y hacen muchas cosas”.
Entrando hacia el restaurante, hay un ciego pidiendo limosna. Bien vestido. Dicen que tiene muchos años en ese lugar. Del otro lado del pasillo, una señora cincuentona, va caminando pero levanta la mano al primero que ve y dice sin empacho: déme plata. Saliendo de la sala de espera hacia los baños, un anciano -dicen que es nuevo en el Terminal y es de aquí- se para con el brazo estirado en una de las columnas, prácticamente sin moverse -no saben quién lo deja ahí-.
También está la señora en silla de ruedas con su hija, pero que piden plata de manera separada. Eso sí, vienen de Cúcuta donde -se comenta- tienen sus “buenas casas”; la mujer que “está en varios lados de la ciudad y cuando “exprime” aquí se va para otro lado”; un supuesto mendigo que es violento y no a cualquiera permite que amanezca en la sala de espera del Terminal porque ahí ha impuesto su territorio; la señora que como la mayoría, está buscando un pasaje para Valencia desde hace dos años pero según los usuarios, “se va en taxi, se viene en taxi y va a la peluquería…”.
De tantos años en el Terminal, quienes allí hacen vida, dicen conocer la situación. “Vienen en la madrugada, en el primer Bolivariano que se viene a las cuatro. En ese viaje trae indigentes, ladrones, vendedores de dulce, vendedores de caramelos en las calles, de tapitas en las busetas, vienen los mochos, los ciegos, todos; pero son venezolanos que viven en Cúcuta. Aquí en el Terminal vienen entre diez y veinte diarios, de nosotros, de aquí, hay como diez, el resto viene y se va, “porque aquí el setenta por ciento viene a buscar un pasaje pero se queda”.
Llegan en la madrugada y se van a las cinco de la tarde. Dicen que diariamente a esa hora, les piden a los comerciantes que les cambien entre cien y ciento sesenta bolívares en monedas de un bolívar y de 50 céntimos, y billetes de 2 y 5 bolívares, por billetes de mayor denominación. Se quejan cuando solamente “perciben” entre 80 y 90 bolívares, porque ese día estuvo “flojo”. En el Terminal consideran la mendicidad una profesión, sólo imaginan -dicen- a la madre y la hija que se llevan en las noches para Cúcuta por lo menos trescientos bolívares entre las dos. No cualquiera se gana ese dinero a diario. Cuentan que algunos indigentes se van para los bares “y se beben lo que ganaron hasta las ocho de la noche”.
Cuentan también que no todos comen mal. Algunos piden en los restaurantes y cuando van a pagar sacan su “fajo” de billetes y sin escatimar cancelan su almuerzo. Otros, como los señores que viven bajo la ingesta del alcohol, se ganan 5 bolívares por sacarle la basura a algún comerciante o por ayudar a bajar un camión.
Algunos opinan que la situación afecta al Terminal por cuanto “viene el problema de los menores que los ponen a vender o a la prostitución; aquí más de una niña ha salido embarazada”, aunque señalaron que a este último caso le pusieron atención recientemente.
Juan Gamboa, administrador del Terminal de Pasajeros de San Cristóbal, considera que una parte de quienes practican la mendicidad como oficio es porque “estamos en frontera y por los niveles de pobreza a que estamos sometidos, a las políticas implementadas por el gobierno nacional, a la devaluación constante del bolívar y a la disparidad cambiaria”.
Reconoce la situación -según dice- pero indica que en el caso de los indígenas ha intervenido la Misión Negra Hipólita y la Defensoría del Pueblo, pero se van por un tiempo y retornan. Además, se pregunta cómo los pueden sacar la policía, para dónde se los llevan. Ha oficiado la situación a la Defensoría pero en esta oportunidad nadie, ni la 21 Brigada, ha respondido al llamado.
Ante la situación de los menores, el presidente del Consejo de Derechos del Niño del Municipio San Cristóbal, indicó que están trabajando sobre la situación pero exhorta a los entes competentes en la materia para que tomen sus acciones, sobre todo porque tienen la logística, las instalaciones y para trasladar a los niños a un hospital a hacerles una valoración.
Informó que están buscando a una señora que pone a cinco niños a pedir limosna. Indicó que eso es explotación laboral que está contemplada en la ley como un delito penal. Propone que todas las instituciones públicas y los organismos de seguridad trabajen en conjunto al rescate de esos niños de las calles y darles su oportunidad al derecho a la recreación y a la educación y a que sean buenos ciudadanos en el futuro para Venezuela.
Marina Sandoval Villamizar


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